La inteligencia artificial generativa ha revolucionado la forma en que trabajamos. Desde correos redactados en segundos hasta resúmenes automáticos y lluvia de ideas infinitas, el atractivo de esta tecnología es innegable: más resultados, en menos tiempo, con menos esfuerzo.
Pero, ¿qué estamos dejando de lado al enfocarnos únicamente en la productividad?
Mark Mortensen nos invita a replantear la conversación. Si solo medimos la velocidad y cantidad de trabajo generado por la IA, podríamos estar perdiendo silenciosamente otros tipos de valor igual o incluso más importantes.
Más allá del resultado: lo que la IA no puede reemplazar
El aprendizaje profundo, por ejemplo, se construye a través del esfuerzo. Traducir, resolver problemas, escribir, equivocarse y volver a intentar… todo eso deja huella en nuestra memoria y nos hace crecer. Delegar estas tareas a la IA nos ahorra tiempo, sí, pero también nos quita oportunidades de entender realmente lo que hacemos.
La práctica también forja habilidades. Un programador que revisa su código mejora con cada error detectado. Un escritor que reescribe y edita se vuelve más preciso. Pero si dejamos que la IA lo haga todo, esos músculos se atrofian.
¿Y qué pasa con nuestras relaciones? Muchas tareas que hoy podemos automatizar —como reuniones, presentaciones o documentos colaborativos— solían ser espacios para conectar con otros, compartir ideas y generar confianza. Reemplazarlos por interacciones individuales con la IA puede llevarnos al aislamiento laboral.
Incluso actividades aparentemente simples, como resumir un documento, son mucho más que un trámite. Al hacerlo tú mismo, interpretas, priorizas y comprendes mejor la información. Dejar que la IA lo haga por ti puede resultar eficiente, pero a costa de reducir tu compromiso y conexión con el contenido.
Y finalmente, está la singularidad personal. Cada líder, profesional o creador tiene un estilo propio. Cuando usamos la IA para redactar correos, informes o discursos, corremos el riesgo de homogeneizarnos. La IA tiende a converger: dar respuestas similares a quienes formulan preguntas similares. Poco a poco, podríamos perder esa voz que nos distingue.
¿Cómo evitarlo? Haz una auditoría de valor
Mortensen propone una solución práctica: realizar una auditoría del valor que obtenemos (o perdemos) al usar IA. Aquí te explico cómo:
1. Identifica los tipos de valor importantes.
Antes de automatizar una tarea, pregúntate:
¿Esta actividad aporta solo resultados?
¿O también favorece el aprendizaje, fortalece relaciones, refuerza habilidades o expresa mi estilo?
2. Prioriza lo que realmente importa.
No todas las tareas tienen que aportar todos los tipos de valor. Puedes usar IA en procesos repetitivos o rutinarios, y reservar el trabajo manual para actividades clave que requieren pensamiento, conexión o creatividad.
3. Itera constantemente.
Piensa como un científico. Cada implementación de IA debe tener fecha de revisión. Evalúa si el beneficio inicial sigue presente, si ha surgido un costo oculto o si ha llegado el momento de ajustar.

No es solo tarea de los líderes
Aunque los directivos deben tomar decisiones conscientes sobre el uso de la IA, la realidad es que los empleados ya están usándola, con o sin permiso. ¿Qué los motiva? Lo que se mide. Si solo se valoran la rapidez y la entrega, lo lógico es que busquen optimizar con IA todo lo posible.
Por eso es clave abrir la conversación: hablar sobre los beneficios y los riesgos, ajustar los indicadores de éxito e incentivar también lo que no se puede automatizar: la colaboración, el aprendizaje, la autenticidad.
Conclusión
La IA generativa ha llegado para quedarse, y sus beneficios son reales. Pero si no medimos también lo que podríamos estar perdiendo, podríamos terminar más rápidos, pero menos sabios; más eficientes, pero menos humanos.
La clave está en encontrar un equilibrio consciente, donde la tecnología potencie nuestro trabajo sin vaciarlo de sentido.